Hubo un tiempo en que organizar una fiesta implicaba una logística musical titánica. Los más nostálgicos recordarán las torres de discos compactos ordenados por géneros, las cintas de casete cuidadosamente grabadas de la radio con cortes abruptos, o los más jóvenes, las carpetas interminables de archivos MP3 descargados de forma dudosa en un ordenador portátil que se conectaba al equipo del salón. En cualquiera de esos escenarios, el rol del «DJ de la noche» era una condena: un error en la selección podía vaciar la pista de baile en cuestión de segundos, y complacer las peticiones de los invitados era una misión casi imposible si no se traía el formato físico de casa.

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